
Estaba acostada, en mi cama obviamente, entre el cansancio del día y el llamado de Morfeo, en ese letargo que emborracha al cuerpo y a la mente en su somnolencia, yo rendida solo me dejo llevar. De pronto un ruido estridente interrumpe mi viaje onírico. Primero me asusta, un segundo después me confunde y ya voy reconociendo la tonada… tarararatatá… ¡Ah eso es cumpleaños feliz! – Me digo a mí misma y descubro con alegría que son mariachis- Recordaron mi cumpleaños, me trajeron serenata.
Salgo de mi cama. ¿Enciendo la luz o la dejo apagada? ¿Salgo con esta ropa? No este piyama es más viejo que el mojón con cara. ¿Qué me pongo? ¿Por qué el mariachi me canta tan lejos? ¿Qué les voy a invitar? No tengo ni agua fría para darles. No encargué la torta… Silencio.
Mientras me quito la típica mascarilla verde y me saco los ruleros en la oscuridad, porque encender la luz significa que ya vas a salir, me golpeo la nariz con el peine. ¡Qué dolor más feo! Siento que me pican los ojos y la nariz. Lagrimeo inevitable. No quiero salir con la nariz hinchada y los ojos llorosos. Me presiono la nariz y los ojos y me concentro en que no me duele y me concentro y me concentro y me concentro y me acuerdo que hoy no es mi cumpleaños y mañana tampoco, mi cumpleaños ya pasó.